asar. Tuve mis momentos, como todo ¿no? Pero fueron solo eso, momentos. Tan fugaces, tan llenos de…nada. Todo el tiempo me sentí incompleta, inútil, infeliz. Cuando al fin encontré el gran amor, el alma gemela, la media naranja, paso todo tan rápido que no lo disfruté, ni eso hice bien. Porque se fue, partió. Un día me desperté y ya no estaba, me había dejado, para siempre. Entonces mi alma también partió, y ya no quedaba nada en mi, esa “luz” se apagó y solo era…un cuerpo. Que iba y venia, pero nada más. Fue entonces cuando creí que lo mejor era terminar con ella, porque ya no tenía nada, ni siquiera fuerza, ni siquiera una débil razón para seguir. ¿Qué más quería de mí?, no lo entendía, nunca lo entendí. Siempre que tomaba la decisión, se presentaba “algo” que me mantenía lo suficientemente ocupada para cumplir con mi objetivo, mi fin. Un día, tome el valor, camine trece pasos, lo recuerdo tan bien…primero, sentí el fío de sus aguas, y un poco de miedo (pues siempre le he tenido muchísimo respeto al mar), luego me invadió la tristeza, porque ese lugar me traía nostalgia, ya que tantas veces había reído allí, había sido…no se, tal vez…feliz. Pero por fin, llegó el dolor, el dolor de no poseer nada, el dolor de haber perdido a la persona que más me había querido, el dolor que me provocaba este, mi destino. Entonces seguí. Y ahí estaba, internándome, entregándome a su enemiga, y sin titubear.Lo último que recuerdo fue un ruido, un sonido que me ensordeció, y una luz…blanca.
miércoles, 29 de abril de 2009
Decididamente, partí, dejando todo atrás; debo reconocer, dudé cuando ya estaba bastante lejos, pero entonces ya era demasiado tarde para volver. En el camino me encontré con ella, me pareció extraño verla allí, pero ahí estaba, plantándose ante mi, orgullosa de estar, de permanecer; la encontré irónica, desafiante y burlona, pues me demostraba una y otra vez que me había equivocado. Traté de hacerme la indiferente, erguí la cabeza sin prestarle demasiada atención a su inmensa belleza; pero me resultaba un tanto difícil, allí estaba, presente, representada en cada flor, en cada niño sonriente, en cada pareja enamorada, en cada árbol frondoso, en cada rayo de sol, en cáda pájaro, en cada ruido, en cada perfume. No, no podía. No podía dejar que pasara inadvertida, debía desafiarla, era hora ya. Ofrecerle mis más creyentes argumentos y conseguir que me entienda, que me comprenda, para así poder seguir. Lo intente, ella sabe que lo intente, que durante un tiempo me intente convencer que era felíz, pero no. Este fue siempre mi destino y uno no debe renegar de aquello que le ha sido asignado. Pues así lo entiendo yo, y por eso no culpo a nadie, ni siquiera a mi misma; porque simplemente esto, debía p
asar. Tuve mis momentos, como todo ¿no? Pero fueron solo eso, momentos. Tan fugaces, tan llenos de…nada. Todo el tiempo me sentí incompleta, inútil, infeliz. Cuando al fin encontré el gran amor, el alma gemela, la media naranja, paso todo tan rápido que no lo disfruté, ni eso hice bien. Porque se fue, partió. Un día me desperté y ya no estaba, me había dejado, para siempre. Entonces mi alma también partió, y ya no quedaba nada en mi, esa “luz” se apagó y solo era…un cuerpo. Que iba y venia, pero nada más. Fue entonces cuando creí que lo mejor era terminar con ella, porque ya no tenía nada, ni siquiera fuerza, ni siquiera una débil razón para seguir. ¿Qué más quería de mí?, no lo entendía, nunca lo entendí. Siempre que tomaba la decisión, se presentaba “algo” que me mantenía lo suficientemente ocupada para cumplir con mi objetivo, mi fin. Un día, tome el valor, camine trece pasos, lo recuerdo tan bien…primero, sentí el fío de sus aguas, y un poco de miedo (pues siempre le he tenido muchísimo respeto al mar), luego me invadió la tristeza, porque ese lugar me traía nostalgia, ya que tantas veces había reído allí, había sido…no se, tal vez…feliz. Pero por fin, llegó el dolor, el dolor de no poseer nada, el dolor de haber perdido a la persona que más me había querido, el dolor que me provocaba este, mi destino. Entonces seguí. Y ahí estaba, internándome, entregándome a su enemiga, y sin titubear.Lo último que recuerdo fue un ruido, un sonido que me ensordeció, y una luz…blanca.
asar. Tuve mis momentos, como todo ¿no? Pero fueron solo eso, momentos. Tan fugaces, tan llenos de…nada. Todo el tiempo me sentí incompleta, inútil, infeliz. Cuando al fin encontré el gran amor, el alma gemela, la media naranja, paso todo tan rápido que no lo disfruté, ni eso hice bien. Porque se fue, partió. Un día me desperté y ya no estaba, me había dejado, para siempre. Entonces mi alma también partió, y ya no quedaba nada en mi, esa “luz” se apagó y solo era…un cuerpo. Que iba y venia, pero nada más. Fue entonces cuando creí que lo mejor era terminar con ella, porque ya no tenía nada, ni siquiera fuerza, ni siquiera una débil razón para seguir. ¿Qué más quería de mí?, no lo entendía, nunca lo entendí. Siempre que tomaba la decisión, se presentaba “algo” que me mantenía lo suficientemente ocupada para cumplir con mi objetivo, mi fin. Un día, tome el valor, camine trece pasos, lo recuerdo tan bien…primero, sentí el fío de sus aguas, y un poco de miedo (pues siempre le he tenido muchísimo respeto al mar), luego me invadió la tristeza, porque ese lugar me traía nostalgia, ya que tantas veces había reído allí, había sido…no se, tal vez…feliz. Pero por fin, llegó el dolor, el dolor de no poseer nada, el dolor de haber perdido a la persona que más me había querido, el dolor que me provocaba este, mi destino. Entonces seguí. Y ahí estaba, internándome, entregándome a su enemiga, y sin titubear.Lo último que recuerdo fue un ruido, un sonido que me ensordeció, y una luz…blanca.
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